DISCAPACITODOS

Educación, Tecnología y Accesibilidad nos importan a todos. Porque bajo las circunstancias adecuadas, todos somos discapacitados.

Privatizar las pérdidas. Socializar las ganancias.


Lindeiros – Mayo 2015

En el sistema económico patrio se ha impuesto el uso y abuso de algo tan nuestro como la tortilla de patata o la todología de “cuñao”, a saber, socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. Con este truco de prestidigitación monetario, cuando el viento sopla a favor riega los campos de los poderosos, pero cuando viene en contra, somos todos, los ciudadanos de a pie, los que padecemos la pérdidas y la miseria. La banca siempre gana amigos, bien porque gana, bien porque no pierde.

Se trata de una jugada que, no por vista, deja de ser escandalosa. A fe que hemos tenido sobradas oportunidades de verla en acción y en todo su esplendor en los últimos años, pero el común de los mortales sigue teniendo la sensación de que algo está rematadamente mal en la sociedad cuando la apuesta la hacen ellos y la pagas tú. La injusticia es patente. Estamos cansados pero no somos insensibles.

Sin embargo hay otro baile de números, el educativo, en el cual la moneda se da la vuelta y en lugar de cara, sale cruz siempre e indefectiblemente. Cuando de éxito y fracaso escolar, cuando de consecución o abandono de estudios hablamos, las pérdidas se privatizan y se socializan las ganancias.

Así, por arte de birlibirloque, cuando un chaval acaba la ESO, la FP, el Bachillerato, la Universidad, cuando saca adelante el conservatorio o la escuela oficial de idiomas, cuando retoma los estudios después de un largo paréntesis… la sociedad al completo se congratula de lo bien que lo hemos hecho todos. Tenemos un buen sistema educativo, digan lo que digan los indicadores internacionales, que son el coco hecho ranking. Tenemos unas familias preocupadísimas por la formación de sus retoños, un cuerpo docente abnegado, trabajador, creativo, innovador y más tecnológico que el CERN y la NASA juntos. Tenemos un sistema educativo primoroso que facilita que, a poco interés que ponga el zagal (o zagala) te saca ingenieros y médicos como churros exportables a medio mundo ya cocinados y azucarados. Encantados de habernos conocido.

Pero si el chaval en cuestión suspende, ya no digamos si abandona, entonces la privatización está clara. La culpa es suya, suya y sólo suya. Es un vago y, en general le viene de familia. ¿Qué va a hacer el sistema educativo con esta lacra, estos crápulas? La escuela ya no es el tema. Ni se menciona. La sociedad, como reverso tenebroso de Darth Vader, ahoga al alumnado apretándolo con exigencias, con deberes, con pasantías, con pruebas y más pruebas: su carencia de esfuerzo nos resulta molesta. De esfuerzo, de constancia, de interés, de ganas, de implicación, de dedicación, de flexibilidad, de resiliencia. Los pobres niños y adolescentes están carentes de adultez. ¡Quién lo iba a decir!

Mientras encaremos la economía de resultados educativos como gestionamos la economía de la burbuja inmobiliaria, es muy probable que sigamos obteniendo los mismo descorazonadores resultados.

No necesitamos un rescate educativo de la mano de Finlandia. Lo que necesitamos es entender, de una vez por todas, que los alumnos no fracasan, es una sociedad (ojo, la sociedad entera y no sólo la escuela) la que “lo fracasa”; que cuando un alumno abandona, hace tiempo, mucho, que la sociedad lo ha abandonado. De un modo u otro.

No fracasar a un alumno, no abandonar a un alumno, no supone darle más apoyos sino los apoyos que necesita. No supone exigirle más, sino acompañarle en el proceso de ganar confianza y ser más responsable. No supone seleccionar, sino orientar y estimular. No supone poner el listón más alto, o más bajo, sino asegurarnos de que ese listón es pertinente o necesario aquí y ahora.

Cuando la sociedad señala el fracaso del sistema educativo el tonto mira al alumno.

Ilustración en B/N que muestra a dos chavales ante una escuela con la inscripción Solus in Aeternum

Ilustración original de Jorge del Oro

Lindeiros – Maio 2015

No sistema económico patrio impúxose o uso e abuso de algo tan noso como a tortilla de pataca ou a todoloxía de “cuñao”, a saber, socializar as perdas e privatizar as ganancias. Con este truco de prestidixitación monetaria, cando o vento sopra a favor rega os campos dos poderosos, pero cando vén en contra, somos todos, os cidadáns do montón, os que padecemos as perdas e a miseria. A banca sempre gaña amigos, ben porque gaña, ben porque non perde.

Trátase dunha xogada que, non por vista, deixa de ser escandalosa. De seguro tivemos oportunidades dabondo de vela en acción e en todo o seu esplendor nos últimos anos, pero o común dos mortais segue tendo a sensación de que algo está tremendamente mal na sociedade cando a aposta a fan eles e a pagas ti. A inxustiza é patente.Estamos cansos pero non somos insensibles.

Con todo hai outro baile de números, o educativo, no cal a moeda se dá a volta e en lugar de face, sae cruz sempre e indefectiblemente. Cando de éxito e fracaso escolar, cando de consecución ou abandono de estudos falamos, as perdas privatízanse e socialízanse as ganancias.

Así, por arte de birlibirloque, cando un rapaz acaba a ESO, a FP, o Bacharelato, a Universidade, cando saca adiante o conservatorio ou a escola oficial de idiomas, cando retoma os estudos despois dunha longa paréntese, a sociedade ao completo congratúlase do ben que o fixemos todos. Temos un bo sistema educativo, digan o que digan os indicadores internacionais, que son o cocón feito ranking. Temos unhas familias preocupadísimas pola formación dos seus fillos, un corpo docente abnegado, traballador, creativo, innovador e máis tecnolóxico que o CERN e a NASA xuntos. Temos un sistema educativo primoroso que, a pouco interese que poña o mozo (ou moza) sácache enxeñeiros e médicos como churros exportables a medio mundo xa cociñados e azucrados. Encantados de coñecernos.

Pero se o rapaz en cuestión suspende, xa non digamos se abandona, entón a privatización está clara. A culpa é súa, súa e só súa. É un lacazán e, en xeral vénlle de familia. Que vai facer o sistema educativo con estes fulanos? A escola xa non é o tema. Nin se menciona. A sociedade, como reverso tenebroso de Darth Vader, afoga o alumnado apertándoo con esixencias, con deberes, con pasantías, con probas e máis probas: a súa carencia de esforzo resúltanos molesta. De esforzo, de constancia, de interese, de ganas, de implicación, de dedicación, de flexibilidade, de resiliencia. Os pobres nenos e adolescentes están carentes de adultez. Quen o ía dicir!

Mentres encaremos a economía de resultados educativos como xestionamos a economía da burbulla inmobiliaria, é moi probable que sigamos obtendo os mesmos desalentadores resultados.

Non necesitamos un rescate educativo da man de Finlandia. O que necesitamos é entender, dunha vez por todas, que os alumnos non fracasan, é unha sociedade a que os fracasa; que cando un alumno abandona, hai tempo, moito, que a sociedade o abandonou. Ollo, a sociedade enteira e non só a escola.

Non fracasar a un alumno, non abandonar a un alumno, non supón darlle máis apoios senón os apoios que necesita. Non supón esixirlle máis, senón acompañalo no proceso de gañar confianza e ser máis responsable. Non supón seleccionar, senón orientar e estimular. Non supón pór o listón máis alto, ou máis baixo, senón asegurarnos de que ese listón é pertinente ou necesario aquí e agora.

Cando a sociedade sinala o fracaso do sistema educativo o parvo mira para o alumno.

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