DISCAPACITODOS

Educación, Tecnología y Accesibilidad nos importan a todos. Porque bajo las circunstancias adecuadas, todos somos discapacitados.

Ogros y princesas


Lindeiros – Febrero 2015

Desde que la revolución industrial parió los medios audiovisuales el mundo de la educación se vio infestado de ogros y princesas. Curiosamente, como Ianus, el dios romano de dos caras que simboliza las transiciones y que da nombre a Enero, los ogros y las princesas audiovisuales son, en educación, el mismo ente con diferentes fachadas. Tanto grandes salvadores llamados a revolucionar la educación, como verdugos implacables que vienen a sumir a las futuras generaciones en el pantano de la superficialidad y la incultura.

La invención del cine vaticinó la muerte de las escuelas y de sus maestros. Así, sucesivamente, la radio, la televisión, los computadores, los smartphones… se convirtieron, por riguroso orden, en el malo maloso, el Goldfinger e el Dr. No de unos maestros 007, con licencia para catear. Con más colorines, con más tirón mediático, con más atractivo y con mayor comodidad. Sin salir de su casa, señora. Que lo tengo barato. Conocimiento de marca. A buen precio. Todo satisfacción.

Paralelamente el mismo cine, la misma radio, la tele, la informática toda y los teléfonos inteligentes con su miríada de aplicaciones y funcionalidades, fueron caracterizados como ese mal satánico que distrae de lo importante y no sirve para nada. Fuegos de artificio para pasar el rato.

La realidad es que todos los elementos mencionados pasaron por las aulas sin pena ni gloria, y sin dejar apenas poso. Facilitaron la vida al profesorado y llenaron de color la vida de los alumnos, sobre todo en ciertas etapas. Pero no acabaron con los maestros, ni con los libros de textos, ni con los cuadernos… Ni siquiera acabaron con los encerados, que se digitalizaron pasando a ser, de pronto, las pantallas de proyección más caras de la historia.

Propongo poner en marcha el Delorean, o la más compostelá FluzoVespa, de Nacho Mirás Fole, para darnos un paseo temporal por el siglo XIX. Supongamos que de nuestra visita al Españistán decimonónico nos traemos a un buen cirujano. A nuestra llegada, para que no se aburra, lo depositamos en uno de los quirófanos del CHUS y le pedimos que proceda a lo suyo. Su reacción puede varias entre gritar despavorido o caer en posición fetal. Pero a buen seguro no sabría por donde empezar la tarea, el pobre, ni con la ayuda de todo el equipo de adjunos, MIRes y enfermeras que se pudiesen dar cita a su alrededor.
Supongamos ahora que, en lugar de traernos a un cirujano, nos traemos a un maestro. A nuestra llegada hacemos lo propio y lo depositamos en un aula cualquiera. Tal vez arquee la ceja un poco al ver las pintas que nos gastamos, el ordenador sobre la mesa o el proyector colgando del techo. Pero pasado ese susto inicial, agarrado a la tiza como un naufrago a su bote salvavidas, empezaría la clase sin pena ni gloria. Y al final de la mañana nadie diría que no es un profe más.

Esto es así por la propia naturaleza del proceso de enseñanza-aprendizaje. Lo que determina su éxito (o fracaso) es, de una parte, la capacidad del profesor para guiar, estimular y animar al alumnado; y por otra, la disposición y habilidad del alumnado para procesar en su cerebro la información manejada apropiándose de ella y transformándola en conocimiento.
Todo lo demás es accesorio. Ni ogro ni princesa. Puro complemento y herramienta.
Como esos músicos ambulantes que pueblan los vídeos virales tocando cualquier instrumento improvisado. Es el músico y no el instrumento, el profesor y no el recurso educativo, lo que convierte el sonido en música y la información en conocimiento.

Ilustración B/N que muestra a un niño con unas futuristas gafas

Ilustración original de Jorge del Oro

Lindeiros – Febreiro 2015

Desde que a revolución industrial pariu os medios audiovisuais o mundo da educación viuse infestado de ogros e princesas. Curiosamente, como Ianus, o deus romano de dúas caras que simboliza as transicións e que dá nome a Xaneiro, os ogros e as princesas audiovisuais son, en educación, o mesmo ente con diferentes fachadas. Tanto grandes salvadores chamados a revolucionar a educación, como verdugos implacables que veñen sumir ás futuras xeracións no pantano da superficialidade e a incultura.

A invención do cinema vaticinou a morte das escolas e os seus mestres. Así, sucesivamente, a radio, a televisión, os computadores, os smartphones… convertéronse, por rigorosa orde, no malo maloso, o Goldfinger e o Dr. Non duns mestres 007, con licenza para catear. Con máis colorins, con máis tirón mediático, con máis atractivo e con maior comodidade. Sen saír da súa casa, señora. Que o teño barato. Coñecemento de marca. A bo prezo. Todo satisfacción.

Paralelamente o mesmo cinema, a mesma radio, a tele, a informática toda e os teléfonos intelixentes coa súa miríada de aplicacións e funcionalidades, foron caracterizados como ese mal satánico que distrae do importante e non serve para nada. Fogos de artificio para pasar o intre.

A realidade é que todos os elementos mencionados pasaron polas aulas sen pena nin gloria, e sen deixar apenas pouso. Facilitaron a vida do profesorado e encheron de cor a vida dos alumnos, sobre todo en certas etapas. Pero non acabaron cos mestres, nin cos libros de texto, nin cos cadernos… Nin sequera acabaron cos encerados, que se se dixitalizaron pasando a ser, de vez, as pantallas de proxección máis caras da historia.

Propoño poñer en marcha o Delorean, ou a máis compostelá FluzoVespa, de Nacho Mirás Fole, para darnos un paseo temporal polo século XIX. Supoñamos que da nosa visita ao Españistán decimonónico traémonos a un bo cirurxián. Á nosa chegada, e para que non se aburra, depositámolo nun dos quirófanos do CHUS e pedímoslle que proceda ao seu. A súa reacción pode variar entre gritar despavorido e caer en posición fetal. Pero, de seguro, non sabería por onde empezar a tarefa, o pobre, nin coa axuda de todo o equipo de adxuntos, MIRes e enfermeiras que se puidesen dar cita á súa ao redor.
Supoñamos agora que, en lugar de traernos a un cirurxián, traémonos a un mestre. Á nosa chegada facemos o propio e depositámolo nunha aula calquera. Talvez erga a cella un pouco ao ver as pintas que nos gastamos, o computador sobre a mesa e o proxector colgando do teito. Pero pasado ese susto inicial, agarrado ao xiz como un naufrago ao seu bote salvavidas, empezaría a clase sen pena nin gloria. E ao final da mañá ninguén diría que non é un profe máis.

Isto é así pola propia natureza do proceso de ensino-aprendizaxe. O que determina o seu éxito (ou fracaso) é, por unha banda, a capacidade do profesor para guiar, estimular e animar ao alumnado; e por outra, a disposición e habilidade do alumnado para procesar no seu cerebro a información manexada apropiándose dela e transformándoa en coñecemento.
Todo o demais é accesorio. Nin ogro nin princesa. Puro complemento e ferramenta.
Como eses músicos ambulantes que poboan os vídeos virais tocando calquera instrumento improvisado. É o músico e non o instrumento, o profesor e non o recurso educativo, o que converte o son en música e a información en coñecemento.

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