DISCAPACITODOS

Educación, Tecnología y Accesibilidad nos importan a todos. Porque bajo las circunstancias adecuadas, todos somos discapacitados.

La educación complementada


Lindeiros – Julio 2014

Las llamamos excursiones. Suelen enfocarse como o un premio. O como un castigo. Si no te portas bien no vas a la excursión. Pero cuando se realizan dentro del horario escolar, por normativa, no son ocio. Son las llamadas actividades complementarias. Se supone que enriquecen la actividad habitual del aula y se realizan tanto dentro como fuera del centro escolar. Tienen, o deberían, unos objetivos pedagógicos claros. Se programan y deben aprobarse por el Consejo Escolar.

En el actual contexto educativo, con leyes que, sistemáticamente, remarcan la necesidad de trabajar de modo constructivista, significativo, basado en competencias y demás argot pedagógico que ya quisiera yo que se desplegara en todo su significado, cuesta asumir una actividad habitual de aula. La clase magistral, damas y caballeros, falleció. Y los informes como PISA la enterraron.

Ayudar a nuestros alumnos a desarrollar sus competencias básicas, esas que les permitirán el éxito vital más allá del puro éxito académico, supone salir de clase, ver, oler, explorar, cuestionar, descubrir, experimentar, tocar, saborear, mover, construir, acechar, analizar, deducir, intentar, fracasar, repetir, compartir, debatir, comparar, desmontar, ejercitar, observar, aproximar, recoger información, preguntar, averiguar, indagar, recopilar, dibujar, tomar notas, hacer experimentos, exponer, contar, inventar, imaginar, proponer, buscar, salir, cantar, saltar, jugar, reír, llorar, enfadarse, alegrarse, disfrutar, sufrir, animarse, perder la paciencia, enfurruñarse, apasionarse…

Son éstas, actividades que difícilmente se pueden llevar a cabo en el confinamiento de cuatro paredes, estibados los alumnos en sus pupitres como los contenedores en el puerto de Vigo.

Al decir que las actividades complementarias enriquecen el currículo parece que la enjundia estuviera en el otro, en el dictado de notas y la clase tradicional. Cuando precisamente es eso lo complementario, lo que sirve para pasar el tiempo entre aprendizajes, para entretener a los infantes cinco horas al día y darles esa sopa sin sustancia que es el libro de texto. Que llena la tripa un par de horas pero que se va del cuerpo como vino, sin dejar apenas poso atrás.

Con todo la denominación no es casual. Las actividades complementarias no son obligatorias. Los profes las programan se quieren; y si no quieren, todo el año a sopa. Dan mucho trabajo, porque el alumnado se excita, porque aprender es fascinante. Suponen el manejo de la incertidumbre porque pastorear a 25 chavales por la ciudad es peor que un número del Circo del Sol, sin red y con la cuerda floja untada de mantequilla. En román paladino, son una faena.

No obstante son las actividades que todos recordamos. Sobre todo si implican salida del centro. Quien no recuerda los festivales del cole, las obras de teatro, los experimentos, las charlas, la excursión a la Casa de las Ciencias de A Coruña (y su traumático vídeo del parto).

Las actividades complementarias no deberían ser complemento de nada, sino parte fundamental y sustentante del currículo. Y por eso mismo nunca deben suponer un sobrecosto para las familias. En la situación actual, en la que muchos niños dependen del comedor escolar para hacer una comida caliente al día, es no sólo injusto sino una bajeza ética y profesional, poner a las familias en la tesitura de autorizar una actividad que supone pagar 5€ de autobús por cabeza y la entrada a un teatro; o dejar al niño en casa (o en el colé con un profesor de guardia) mientras, dentro del horario escolar, todos sus compañeros se van a escuchar Ópera.

La educación pública, gratuita y de calidad, no necesita ni entiende de complementos.

Dibujo en B/N de la Casa de las Ciencias de A Coruña, engranajes, un pulpo y la silueta de una vaca.

Ilustración original de @JorgeDelOro

Lindeiros – Julio 2014

Chamámolas excursións. Adoitan enfocarse como ou un premio. Ou como un castigo: “Se non te portas ben non vas á excursión”. Pero cando se realizan dentro do horario escolar, por normativa, non son lecer. Son as chamadas actividades complementarias. Suponse que enriquecen a actividade habitual da aula e realízanse tanto dentro como fora do centro escolar. Teñen, ou deberían, uns obxectivos pedagóxicos claros. Prográmanse e deben aprobarse polo Consello Escolar.

No actual contexto educativo, con leis que, sistematicamente, remarcan a necesidade de traballar de modo constructivista, significativo, baseado en competencias e demais argot pedagóxico que xa quixese eu que se despregase en todo o seu significado, custa asumir unha “actividade habitual de aula”. A clase maxistral, damas e cabaleiros, finou. E os informes como PISA soterrárona.

Axudar aos nosos alumnos a desenvolver as súas competencias básicas, esas que lles permitirán o éxito vital máis aló do puro éxito académico, supón saír de clase, ver, uliscar, explorar, cuestionar, descubrir, experimentar, tocar, saborear, mover, construír, esculcar, analizar, deducir, tentar, fracasar, repetir, compartir, debater, confrontar, desmontar, exercitar, observar, aproximar, recoller información, preguntar, pescudar, indagar, recompilar, debuxar, tomar notas, facer experimentos, expor, contar, inventar, imaxinar, propor, buscar, saír, cantar, saltar, xogar, rir, chorar, enfadarse, alegrarse, gozar, sufrir, animarse, perder a paciencia, enrabecharse, apaixonarse…

Son estas actividades que dificilmente se poden levar a cabo no confinamento de catro paredes, estibados os alumnos nos seus pupitres como os colectores no porto de Vigo.

Ao dicirmos que as actividades complementarias enriquecen o currículo parece que a enxunlla estivese no outro, no ditado de apuntamentos e a clase tradicional. Cando precisamente é iso o complementario, o que serve para pasar o tempo entre aprendizaxes, para entreter aos infantes cinco horas ao día e darlles esa sopa sen sustancia que é o libro de texto. Que enche a tripa un par de horas pero que se vai do corpo como veu, sen deixar apenas pouso atrás.

Con todo a denominación non é casual. As actividades complementarias non son obrigatorias. Os profes prográmanas se queren; e se non queren, todo o ano a sopa. Dan moito traballo, porque o alumnado excítase, porque aprender é fascinante. Supoñen o manexo da incerteza porque pastorear a 25 rapaces pola cidade é peor que un número do Circo do Sol, sen rede e coa corda frouxa untada de manteiga. En román paladino, son unha faena.

Non obstante son as actividades que todos lembramos. Sobre todo se implican saída do centro. Quen non lembra os festivais do cole, as obras de teatro, os experimentos, as charlas, a excursión á Casa das Ciencias da Coruña (e o seu traumático vídeo do parto)…

As actividades complementarias non deberían ser complemento de nada, senón parte fundamental e sustentante do currículo. E por iso mesmo nunca deben supor un sobrecusto para as familias. Na situación actual, na que moitos nenos dependen do comedor escolar para facer unha comida quente ao día, é non só inxusto senón unha baixeza ética e profesional, pór ás familias na tesitura de autorizar unha actividade que supón pagar 5€ de autobús por cabeza e a entrada a un teatro; ou deixar ao neno en casa (ou no coei cun profesor de garda) mentres, dentro do horario escolar, todos os seus compañeiros vanse a escoitar Ópera.

A educación pública, gratuíta e de calidade, non necesita nin entende de complementos.

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