DISCAPACITODOS

Educación, Tecnología y Accesibilidad nos importan a todos. Porque bajo las circunstancias adecuadas, todos somos discapacitados.

Juguetes educativos y otras redundancias

Lindeiros – Diciembre 2013

Con la llegada de “estas fechas tan señaladas” en las que el frío y un clima fundamentalmente asqueroso, nos obliga a La Paz, el amor y la concordia, la tradición manda que los pequeñuelos del hogar sean agasajados con juguetes suficientes para sepultarles hasta la llegada del buen tiempo.
Las tradiciones, perfeccionadas con el paso de decenas o incluso cientos de años, no podían ir mejor encaminadas.
Dice una compañera de trabajo que “invertir en un niño ocupado es invertir en salud y ahorrar problemas”. Más razón que una santa.
Como en este país somos de atracón, en Navidad toca sobredosis de juguetes, bien sea de la mano del barbudo de rojo o de los tres tipejos a camello, bien por partida doble, para dejar a los peques servidos durante los 365 días restantes; salvando, tal vez, algún detalle en el cumpleaños que acompañe la ración obligada de calzoncillos y mochilas escolares.
Nada que objetar. Yo soy más de repartir. De ir dejando disponible y a mano, para que vayan eligiendo según les apetezca. Me gustan la novedad y la sorpresa. Pero comprendo el modelo bulímico, tan de nuestra sociedad moderna. Hasta el momento, que yo sepa, ningún niño ha muerto por sobredosis de juguetes. No hay problema.
Lo que ya me escama un poco es la manía, cada vez más extendida, de regalar “juguetes educativos”. La mera denominación me produce sarpullido. Por pura lógica, si aceptamos que hay una serie de “juguetes educativos”, estamos admitiendo que una gran parte (todos los demás) no lo son.
Y esto, además de falso, es peligroso.
Es falso porque jugando siempre aprendemos algo. Jugar es un modo de probar simbólicamente situaciones de la vida real, es un recurso para explorar nuestros límites y romperlos, es una manera de entrenar habilidades y mejorarlas. Jugar es un acercamiento desenfadado a la competición, el desafío y la lucha. Juegan los niños y jugamos los adultos. O deberíamos. Para ser más sanos y equilibrados. Para seguir aprendiendo.
Y admitir que hay juegos educativos y juegos que no lo son es peligroso porque lleva a pensar que el juego no es más que un pasatiempo, un vicio, una distracción… Opone el trabajo serio, “educativo”, con la mera pérdida de tiempo. Así sacrificamos las horas de juego vespertinas por horas de actividades lúdico-educativas, con el convencimiento pleno de estar sirviendo a un fin superior.
Los “juguetes educativos” que encontramos habitualmente en las estanterías de tiendas y centros comerciales, rara vez son educativos y, desde luego, no son juguetes.
No engañen Vds. a sus hijos ni se engañen a si mismos.
Los juguetes han de ser juguetes. Cualquier cosa que permita volar la creatividad y la autonomía es un juguete. Y todos los juguetes son potencialmente educativos.
Porque lo importante no es el juguete, lo importante es lo que hacemos con él.

Ilustración original del artículo que muestra un avión a tamaño real de juguete creado con cajas de cartón y celofán.

Ilustración original de @JorgeDelOro


Lindeiros – Decembro 2013

Coa chegada de “estas datas tan sinaladas” nas que o frío e un clima fundamentalmente noxento, obríganos á paz, o amor e a concordia, a tradición manda que os pequechos do fogar sexan obsequiados con xoguetes suficientes para sepultalos até a chegada do bo tempo.
As tradicións, perfeccionadas co paso de decenas ou mesmo centos de anos, non podían ir mellor encamiñadas.
Di unha compañeira de traballo que “investir nun neno ocupado é investir en saúde e aforrar problemas”. Máis razón que unha santa.
Como neste país somos de enchenta, en Nadal toca sobredose de xoguetes, ben sexa da man do barbudo de vermello ou dos tres fulanos a camelo, ben por partida dobre, para deixar aos cativos servidos durante os 365 días restantes; salvando, talvez, algún detalle nos aniversarios que acompañe a ración obrigada de calzóns e mochilas escolares.
Nada que obxectar. Eu son máis de repartir. De ir deixando dispoñible e a man, para que vaian elixindo segundo lles apeteza. Gústanme a novidade e a sorpresa. Pero comprendo o modelo bulímico, tan da nosa sociedade moderna. Até o momento, que eu saiba, ningún neno morreu por sobredose de xoguetes. Non hai problema.
O que xa me amola un pouco é a teima, cada vez máis estendida, de regalar “xoguetes educativos”. A mera denominación prodúceme comechón. Por pura lóxica, se aceptamos que hai unha serie de “xoguetes educativos”, estamos a admitir que unha gran parte (todos os demais) non o son.
E isto, ademais de falso, é perigoso.
É falso porque xogando sempre aprendemos algo. Xogar é un modo de probar simbólicamente situacións da vida real, é un recurso para explorar os nosos límites e rompelos, é unha maneira de adestrar habilidades e melloralas. Xogar é un achegamento desenfadado á competición, o desafío e a loita. Xogan os nenos e xogamos os adultos. Ou deberiamos. Para ser máis sans e equilibrados. Para seguir aprendendo.
E admitir que hai xogos educativos e xogos que non o son é perigoso porque leva a pensar que o xogo non é máis que un pasatempo, un vicio, unha distracción… Opón o traballo serio, “educativo”, coa mera perda de tempo. Así sacrificamos as horas de xogo vespertinas por horas de actividades lúdico-educativas, co convencemento pleno de estar a servir a un fin superior.
Os “xoguetes educativos” que atopamos habitualmente nos andeis de tendas e centros comerciais, de cando en cando son educativos pero, desde logo, non son xoguetes.
Non enganen vostedes aos seus fillos nin se enganen a si mesmos.
Os xoguetes han de ser xoguetes. Calquera cousa que permita voar a creatividade e a autonomía é un xoguete. Mesmo unha caixa baleira. E todos os xoguetes son potencialmente educativos.
Porque o importante non é o xoguete, o importante é o que facemos con el.

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